Skip to main content
masajes-erticos

Relax inesperado

Muchas veces había pasado por ese local nuevo que habían abierto en la calle de mi oficina.

Con mucho revoloteo de gente a la hora de comer, nunca me había parado a mirar qué podía ofrecer para atraer a tanta gente. Una tarde, después de un día tenso con el jefe y de que un cliente me gritara, salí de la oficina antes de hora. Me encendí un cigarro nada más pisar la calle. Ya había tenido suficiente por un día. No tenía ningunas ganas de volver a casa. Sólo me esperaban unas cajas de cerveza y una montaña de desorden. Lo habitual.

Ese pitillo me supo a poco. Me fumé otro mientras veía que un hombre entraba en ese negocio nuevo. “Masajes”, anunciaba el cartel. ¡Dios, sí! Un masaje me quitaría la tensión de todo el día, y del trimestre en general. Entré sin pensármelo mucho. Dentro, un montón de chicas con bata blanca arremolinadas alrededor del mostrador. Fotos de gente tumbada boca abajo en camillas inundaban las paredes, aunque la luz del local era más bien tenue, como la que esperas encontrar en un bar de copas por la noche.

Pregunté por los servicios, y me dejaron escoger a la masajista. Elegí una chica menudita, pero que tenía el pelo muy largo y rizado. Había algo en ella que me hacía desinhibirme de todo el peso que llevaba en la mente. Me llevó a una habitación con camilla, cojines y un surtido de aceites. Me quité la camisa, y mientras me estaba tumbando me dijo:

– También es necesario que te quites los pantalones, “papi”

Aún confuso por su “papi”, me quedé de pie ante ella, sólo con calzoncillos. Mi mente empezó a fantasear con su cuerpo, pero no estaba seguro de si quizás me equivocaba. ¿Había entrado en un sitio de Masajes con final feliz, o sólo era mi cansancio mezclado con mi imaginación?

Treinta minutos y medio bote de aceite de vainilla en la espalda después, ella empezó a acariciar mis genitales. Sí, el servicio venía con final feliz, seguro. Cada vez masajeaba menos mi espalda y más mi sexo. No fue difícil ponérmela dura.

– ¿Vas a acabar lo que has empezado? – Le pregunté mirándola de reojo -.

– Gírate, papi. – Lo dijo con un tono tan sensual que pensé que iba a perder el poco control que tengo.

Me puse boca arriba, pero la erección no había forma de esconderla. Se acercó, y mientras me bajaba el calzoncillo con una mano, con la otra me cogía el pene y se lo metió en la boca. Un francés, me estaba haciendo un francés y en mi mente yo no dejaba de pensar en que quería que ella se quitara la bata. Me pareció una eternidad, pero no había pasado mucho más de un wminuto cuando me corrí en su cara mientras ella me sonreía.

Volví a casa, abrí una birra y llamé a mi secretaría. Le iba a pedir un favor…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *