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masajes-erticos

Relax inesperado

Muchas veces había pasado por ese local nuevo que habían abierto en la calle de mi oficina.

Con mucho revoloteo de gente a la hora de comer, nunca me había parado a mirar qué podía ofrecer para atraer a tanta gente. Una tarde, después de un día tenso con el jefe y de que un cliente me gritara, salí de la oficina antes de hora. Me encendí un cigarro nada más pisar la calle. Ya había tenido suficiente por un día. No tenía ningunas ganas de volver a casa. Sólo me esperaban unas cajas de cerveza y una montaña de desorden. Lo habitual.

Ese pitillo me supo a poco. Me fumé otro mientras veía que un hombre entraba en ese negocio nuevo. “Masajes”, anunciaba el cartel. ¡Dios, sí! Un masaje me quitaría la tensión de todo el día, y del trimestre en general. Entré sin pensármelo mucho. Dentro, un montón de chicas con bata blanca arremolinadas alrededor del mostrador. Fotos de gente tumbada boca abajo en camillas inundaban las paredes, aunque la luz del local era más bien tenue, como la que esperas encontrar en un bar de copas por la noche.

Pregunté por los servicios, y me dejaron escoger a la masajista. Elegí una chica menudita, pero que tenía el pelo muy largo y rizado. Había algo en ella que me hacía desinhibirme de todo el peso que llevaba en la mente. Me llevó a una habitación con camilla, cojines y un surtido de aceites. Me quité …